La revuelta de un inicio sexual

No ha habido nunca un documento de
cultura que no fuera a la vez un documento
de barbarie
”.

Tesis sobre la filosofía de la historia. VII,
Walter Benjamin

Han pasado diez años desde la publicación de Ángeles Negros (1994), libro de cuentos que inauguró mi escritura y que me llevó al centro de una inusitada polémica. La derrota propia de ver transcurrir el tiempo y no poder retener algún ánimo epocal cristaliza en mi memoria decenas de fragmentos en pugna: un autor novato que se quema a lo bonzo con un tema tan espinudo, territorio destinado a los kamikazes de las “escrituras minoritarias”, explicaciones del Ministro de Educación de la época defendiendo la creación artística, sendas biografias[1] de los creadores expuestos por el escandalo del Fondart[2], etc. Todo aquello formó parte de una postal del Chile neoliberal heredado de la dictaruda, del Chile que todavía se soñaba a sí mismo en el paraíso democrático en construcción.

Ricardo Piglia sostiene categóricamente: “después que uno ha escrito un libro ¿qué más se puede decir sobre él? Todo lo que puede decir es, en realidad, lo que escribe en el libro siguiente”[3]. Mi viaje se vuelve inverso y contradice el postulado de Piglia; la fantasía pasa por revisar el contexto que generó el libro (sólo el contexto pues el libro está ahí, resguardado por su propio imaginario), como si quisiera saldar la deuda conmigo y con el momento convocado. Como si con esto escribiera otro libro, un relato alterno, paralelo, texto contra texto que generó otra ficción en medio del escándalo. En ese sentido, el énfasis está puesto en la representación y efectos políticos y estéticos que provocó Ángeles Negros, no por nada son pocas las veces donde con un libro se llega a estar en la portada de los diarios: “Libro gay con platasfiscales”[4]. Incidente que generó un inédito debate sobre la creación artística, censura y representación cultural de la homosexualidad en Chile.

El golpe inicial que produjo Ia publicación de Ángeles Negros impidió que la escritura se convirtiera en el centro de la refiexión crítica. De seguro, no estaba preparado para recibir una respuesta tan categórica, respuesta que se volvió paródica y productiva políticamente al verme envuelto en una discusión que rebasaba las pretensiones iniciales de mi anhelante salida del closet escritural. En aquel tiempo la editorial Planeta había articulado un escenario denominado “la nueva narrativa chilena”, emblema y fenómeno que hegemonizó la literatura naciente y que actuaba como correlato del teatro mayor en el Chile de los ‘90: la transición de Dictadura a Democracia para algunos y la Postdictadura para otros.

Ese mismo escenario se remaquillaba en dispositivos peculiars, nuevas voces, nuevos mercados, temas emergentes, nuevos lectores. Cuestión para nada escandalosa, pero que traía implícitamente inusitadas operaciones. En medio de ese escenario, resula complejo intentar precisar las coordenadas de un libro que sólo quería leerse desde el despliegue autoral de una firma desconocida para el gran público, pero que volvía a resignificar la homosexualidad como un espacio narrable en los ‘90.

El año anterior había ganado una beca estatal, Fondo de las Artes y la Cultura (concurso l993) que financió la escritura de estos cuentos. Cuatro años atrás había leído algunos de esos textos en el taller de creación narrativa que Antonio Skármeta realizaba con el entusiasmo festivo de su reciente vuelta a Chile a un grupo de escritores jóvenes en el Instituto Goethe[5] (1989). Ese espacio fue el primer acercamiento a una escritura consciente y discutida, que no estuvo exenta de debates estilísticos e ideológicos.

Marco Antonio de la Parra, codirector del taller, escritor y psiquiatra (lo que ya es una relación peligrosa para cualquiera), me interpeló en una de las sesiones al leer uno de mis cuentos. Su preocupación en ese momento sobrepasaba con creces el interés estilístico y su pregunta resultó un tanto violenta: ¿su cuento tiene que ver con su vida personal? La verdad era que yo había pasado por unos abortados estudios de pedagogía en castellano, sin embargo ya había asumido una norma básica de la teoría literaria más clásica: narrador y autor no son la misma cosa. La pregunta me indicó lo que vendría después. Es decir, la ingenua sorpresa del público por leer textos que trabajaran aspectos de la sexualidad más periférica, pero que no tenían ningún ánimo provocativo. Al contrario, sentía que los textos no debían articular ninguna militancia sexual formal, reconociendo además la fuerte presencia del imaginario homosexual en la literatura latinoamericana y chilena, tradición extensa y con notables textos. El propio José Donoso compartió en el taller sus complejos tránsitos, señalando sus distancias con cierta crítica norteamenicana y sus efectos de lectura en su obra. Centró su atención en uno de sus más notables libros: El lugar sin Iímites. Con tamaño referente se vuelve un poco insostenible la pretenseón de reescribir o novelar lugares marginalizados, pues el peso de la tradición homosexual en la literatura chilena es y ha sido relevante, cuestión de la que me ocuparía años más tarde al editar un estudio inaugural sobre el tema en el país[6].

La discusión respecto a Ángeles Negros estuvo marcada por la actitud de la derecha más reaccionaria y el centro politico más conservador, no se veía con buenos ojos legitimar, mediante el financiamiento estatal, una temática tan aberrante como la homosexualidad. Resulta una broma ingenua discutir esta clase de tópicos, pero sin duda, se potenció ese escenario por un escándalo anterior al libro. La mirada estaba fija en la pregunta: ¿qué tipo de arte se debe financiar? La polémica que sirvió como antecedente de Ángeles Negros, fue la que protagonizó uno de los integrantes de la Escuela de Santiago, el pintor Juan Dávila. De reconocida trayectoria internacional, Juan Dávila lanzó a escena una postal de Simón Bolívar transexual, mestizo, aindiado, con pechos y en franca actitud de desacato a su representación histórica. El evento provocó la airada molestia de los países bolivarianos, que reaccionaron ofendidos por aquellos turgentes pechos mestizos que exhibía el prócer. La embajada de Chile tuvo que explicar las caracteristicas del trabajo que, habiendo sido financiado por un fondo estatal para las artes, no tenía el ánimo de violentar insignes figuras de la hermandad latinoamericana.

Luego de aquella revuelta pública con Bolivar vino Ángeles Negros, que rehomosexualizó nuevamente la atmósfera. Fruto de aquella coincidencia, Davila me ofreció la portada para mi segundo libro de cuentos, Santo Roto, propuesta visual que reorientó una latencia del libro posterior con su precedente. Así, los efectos provocados por el revuelo público resignificaron mi escritura hasta alcanzar a mi segundo libro.

La firma autoral que carga el escándalo flue la otra operación. El medio incitó a descubrir los laberintos personales de los creadores. Recuerdo, por ello, extensas biografias publicadas en el periódico El Mercurio sobre la vida de Juan Dávila y la mía propia, ejercicio confesional e inquisidor para expulsar la obra y corporalizarlas en una firma.

Este proceso ha ocurrido como un tránsito difícil, pues se tiñó la escritura de una trama discursiva que oscureció cualquier tipo de lectura interpretativa. Si bien es cierto que el territorio convocado por el libro era polémico, más aún en un país como Chile, conservador y restringido en materias morales y sexuales, esa pequeña revuelta hizo que el autor cargara con la fama de provocación que anulaba cualquier definición centrada en la escritura.

II. Los fuegos de una idea de cultura

Frente a la polémica, un lector de un diario capitalino se preguntaba: ¿qué era un libro gay?, ¿libro gay es un libro rosado?, ¿libro gay es un libro sin tapas?, ¿sin tapa trasera?, ¿qué es finalmente eso? La parodia que establecía el lector irónicamente, quería instalar la banalidad del mencionado titular del diario La Segunda. La tensión provocada por la escenografía del escándalo nos ofreció la posibilidad de vernos retratados como el infierno grande del pueblo chico, cita que tituló la respuesta de la Escuela de Santiago a la escandalosa polémica por el Simón Bolívar travesti y mestizo de Juan Dávila. Aqui se reunieron dos variables, la interrogación de la clase política frente a la producción cultural que atentaba contra el orden simbólico, es decir, los próceres de la patria blanqueada, patriarcal, jerárquica, masculinidades hegemó­nicas en su histérica reacción diplomática y, por otra parte, el libro gay comparecía frente al cuestionamiento financiero del Estado Chileno, cuestión ridícula para una obra de ficción, pensando en la gran performance que fue la dictadura y los destinos de fondos fis­cales para torturar, generar vigilancia y exterminar a opositores.

He titulado La revuelta de un inicio sexual a la bitácora de este libro. Las razones están simplemente en los recuerdos adolescentes de los inicios sexuales que nos estimulan inestables construcciones en nuestra subjetividad. La idea de homologar un inicio sexual de pubertad con este episodio resulta una metáfora posible para un momento que marcó la fijación cultural de mi trabajo en medio de una forma de batalla cívica. Citando a Walter Benjamin, “todo documento de cultura es un documento de barbarie”. Ni dudas quedan a estas alturas, pues la mirada que me dejó esta cicatriz deviene en una postura frente a la escritura, concordando esta vez con Piglia: “nadie escribe sin una teoría’

El gesto de reeditar después de diez años un texto puede tener muchas objeciones y pocas ventajas (en las que no me detendré, pues eso queda ya a los lectores). En cualquier caso, el contexto fue cambiando y ya no resta mucho por agregar. El arribo de Ángeles Negros cierra una etapa que quedará resguardada como aquel amor de pubertad que se recuerda con algo de añoranza, pero con una distancia prudente.

Siempre se escribe contra el primer libro, fue el comentario de un amigo escritor al no poder despegarse de su opera prima. Siguiendo sus pasos, creo que el gesto de exorcismo ha valido la pena, pues ya sólo permanece el propio imaginario del libro, alejado de cualquier intervención. Eso es lo único que deberia importar, el momento entre el lector y ese imaginario propuesto.

Juan Pablo Sutherland
Santiago, noviembre de 2004


[1] El diario El Mercurio publicó en medio de la polémica las biografias de Juan Dávila y Juan Pablo Sutherland, Santiago, 28 de Agosto de 1994.

[2] Fondo de las Artes y la Cultura. FONDART. Ministerio de Educación de Chile.

[3] Piglia, Ricardo, Crítica y ficción, Buenos Aires, Ediciones Fausto, 1993. p. 15.

[4] Titular del diario La Segunda, Santiago, 22 de Agosto de 1994.

[5] Taller de Creación Narrativa Heinrich Böll, que integraba Pablo Azócar, Alberto Fuguet Andrea Maturana, Alejandra Farías, Lilian Elphick. Francisco Mouat, Luis Alberro Tama­yo, entre otros.

[6]Antología publicada por editorial Sudamericana el año 2002, bajo el título A Corazón Abierto, geografía literaria de la homosexuallidad en Chile. Para más referencias, vid. Balderston, Daniel, “Corazones abiertos”, en El deseo, enorme cicatriz luminosa, Buenos Aires, Beatriz Viterbo editora, 2004.

[an error occurred while processing this directive]